Eres tu circunstancia

Nunca he sido tan consciente de mis facciones hasta que vine a vivir a Europa. No pensaba en mi cara ni en mis rasgos con frecuencia. Sabía que soy cajamarquina, que mi madre es de Condormarca, un pueblito pequeño que no aparece en el googlemaps y que está entre Matara y San Marcos, sabía también que mi padre es de Las pirias (distrito cajamarquino más cercano a la selva peruana que a la ciudad de Cajamarca), pero nada más.

En mi ambiente cotidiano (Lima) era obvio que yo era una chica de la sierra por mi modo de hablar, por mi amabilidad etc, etc, jaaaaaaajajaja, pero no notaba esa separación de los demás, esa sensación de «diferente». Aquí sí se nota, soy latina para los de acá (sí, acá, no aquí jaja) pero puedo ser de Bolivia, de Ecuador, de Perú o de Honduras, incluso de Filipinas, no lo tienen claro.

Esto me hizo pensar en la identidad, uno no es su rostro solamente, uno es sus recuerdos, sus hábitos, sus palabras, sus afectos, su cultura. Al cumplir 30 años quise hacer un experimento de cómo se ve mi cara antes y después del gran día. No hay cambios sustanciales. Llegar a los 30 no se nota en la expresión facial, llegar a los treinta solo lo notan quienes hacen las preguntas incómodas de la edad.

Y ahora que he mencionado: «cara», «cultura», «identidad» pensé que podría decir algo de lo orgullosa que me siento de ser una mujer andina o de lo que me emociona sospechar que algo de sangre selvática corre por mis venas, pero no es que me produzca gran éxtasis ni emoción. Me explico, antes de que afilen espadas los chauvinistas, yo siempre me alegré de nacer en el distrito de Cajamarca porque por los pelos no nací en Jaén (otra provincia de la Región de Cajamarca), pero esto era porque mi madre decía que Jaén era un lugar feo, yo no tenía conciencia de eso, pero me compré el argumento y dije: bien!, menos mal que nací en Cajamarca. Y bueno, luego ya siendo súper conciente de la belleza de esa ciudad del norte peruano, ya uno sonríe más y saca pecho cuando se sabe que es su tierra.

Pero el origen es random total, o sea, soy andina y tengo muchas costumbres andinas que me encantan pero no soy solo andina, soy peruana, soy sudamericana, soy del mundo, soy persona. Me gusta el lomo saltado pero no me aloco por el ceviche, me gusta el pisco sour pero ante el pisco puro y el tequila prefiero el tequila, soy de ciudad pequeña criada por gente del campo, pero una semana de campo me ahoga, digo que la selva es bacañolaza pero a lo mucho he hecho una caminata de 5 horas en Tarapoto. Me encanta el carnaval cajamarquino, pero mezclar el frito y el ceviche no me pone mucho. Pero si bien crecen nuestros afectos por la tierra en la que vivimos, también crecen algunas antipatías por esas tierras en las que no vivimos. No controlamos nuestro origen, pero sí podemos controlar nuestra forma de ver nuestro origen. Está bien la idea de pertenecer a un colectivo, pero ninguno vale más que otro por existir en un lugar geográfico distinto.

Los que migramos llevamos y traemos nuestras formas de vida, intercambiamos, esto es lo guay, lo chévere, nos conocemos, aprendemos, aprehendemos, cambiamos.

En fin, no creo que la identidad sea una cosa inmutable. Vamos adquiriendo nuevos hábitos, nuevos gustos, nuevas formas de pensar, lo único que permanece (y no siempre) es nuestro nombre en el documento de identidad, el resto es solo circunstancia.

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